Muchos creen que la historia del vino chieno comenzó con brindis, celebraciones o cantos a la tierra. Pero lo cierto es que todo partió con una carta. Una misiva enviada por Pedro de Valdivia al Rey Carlos V, el 4 de septiembre de 1545.
Este 4 de Septiembre de 2025 entre 18 y 23hrs, celebraremos con degustaciones ilimitadas para que acompañes todas las delicias de los restaurantes en Alto Las Rastras. Compra tu Copa 👉🏻 Acá
Se dice que en su carta del 4 de septiembre de 1545 Pedro de Valdivia pidió “vides y vinos”. La realidad, siempre menos romántica y más reveladora, es otra: desde La Serena escribió sobre hambre, sobre resistencia y sobre el alivio de haber logrado las primeras siembras de trigo y maíz en tierras fértiles que prometían, al fin, un poco de sosiego.
De vides no hay rastro en la letra.
Lo que sí abunda son súplicas de recursos, clérigos y herramientas, porque conquistar no era solo pelear: era plantar, edificar y bendecir.
No hacía falta nombrarlo, porque era obvio. Entre las líneas —que hablaban más de control que de comunidad— no se menciona el vino. Pero estaba ahí, escondido en la intención. Porque sin vino, no hay misa. Y sin misa, no hay imperio.
Lo que se activó ese día no fue un pedido puntual de botellas o cepas; fue algo más profundo y más duradero: la voluntad imperial de echar raíces. Y cuando se echan raíces, el vino nunca tarda en aparecer.
Y es que la carta misma está cargada de una exaltación poco disimulada. Valdivia describía estas tierras como un tesoro natural que valía la pena poblar y proteger. Escribió:
«Chile es una tierra muy llana, sana y de buena temperancia, muy abundosa de mantenimientos y de muchos pastos, de muchas frutas, de muchas aguas, de grandes montañas de nieve, de muchos y muy grandes ríos…»
Era, en otras palabras, el paraíso logístico para fundar ciudades y multiplicar estancias. Porque un lugar con esa geografía y clima, bajo el ojo colonial, no estaba pensado para la contemplación, sino para la reproducción del mundo que conocían: templos, pan, ganado y, por supuesto, vino.
Lo que vino en esas primeras cepas no fue solo fruta fermentada. Fue símbolo, herramienta, estructura. Y aunque se ocultara tras sotanas y rituales, el vino empezó a echar raíces. Literalmente.
🌱 Del sacramento al sorbo compartido a la historia del vino chileno

Foto Viñedo Bodega Mariana
La historia del vino chileno dice que las primeras vides llegaron a Chile desde Perú, acarreadas por misioneros y soldados. Las sembraron en los patios de las iglesias y en huertos administrados por órdenes religiosas. No era un acto de amor al terroir. Era logística litúrgica.
El vino era un insumo, como el pan o el incienso. Pero, como sucede con toda semilla, el lugar donde cae también tiene algo que decir. Y Chile respondió.
Pronto el vino dejó de ser exclusivo del altar. En las cocinas campesinas se empezó a fermentar en tinajas de greda, se vendía en cántaros, se bebía en fondas. No se hablaba aún de taninos ni de maridajes. Se hablaba de cosecha, de sabor, de si estaba bueno o “picado”.
Y sin saberlo, el país entero comenzó a tener una relación afectiva con el vino. No como producto, sino como costumbre.
En ese tránsito de lo sagrado a lo cotidiano, el vino chileno vivió sus primeras tensiones. En 1595, la Corona española prohibió la plantación de nuevas viñas en América. ¿La razón? El vino criollo empezaba a competir con el peninsular. Y como todo monopolio, el de la fe incluía también el de la copa.
Las órdenes reales fueron reiteradas durante todo el siglo XVII, con tono severo y resultados discutibles. Porque, como buen líquido popular, el vino encontró la forma de escurrirse entre las prohibiciones.
🍇 La memoria que no cabe en una etiqueta
La vitivinicultura chilena fue durante siglos un oficio sin nombre propio. Ni marcas, ni etiquetas, ni denominaciones de origen. Solo vino. Vino hecho por manos invisibles: mujeres mestizas, afrodescendientes, campesinos, obreros. Gente sin bodega, pero con memoria. Gente que sabía cuándo vendimiar, cómo fermentar, qué mezcla funcionaba mejor.
Y esa costumbre, humilde y masiva, dicen que no fue bien aceptada por algunos. Tanto que en 1925, el Estado chileno promulgó la Ley de Alcoholes, conocida también como Ley de Temperancia. Se prohibió la venta de vino en ciertos horarios, se fiscalizó su producción, se impusieron restricciones al cultivo. ¿El objetivo? Combatir el alcoholismo. ¿El efecto? Estigmatizar el vino popular y fortalecer la industria elitista. El vino dejó de ser compañía de mesa para volverse sospechoso. Y por décadas, se le quitó el lugar que tenía en la vida cotidiana.
🥂 Brindar la historia del vino chileno

Foto Viña Doña Aurora
Mientras el mundo empezaba a hablar de denominaciones, terroir y cepas, Chile callaba.
El vino chileno sobrevivía y solo cuando se reempaquetó con glamour francés, cuando se embotelló con nombres extravagantes y promesas de exportación, volvió a la conversación pública.
La verdadera historia de el vino en Chile no está solo en los rankings, sino en las casas donde se fermentaba sin permiso, en los cuentos que se decían con la copa en la mano, en los cuerpos que trabajaron la tierra sin crédito ni diploma.
El 4 de septiembre se conmemora en Chile el Día Nacional del Vino. Una fecha simbólica, basada en aquella carta de Valdivia que no lo mencionó, pero que lo invocó sin querer queriendo. Y celebrar ese día no es solo brindar por el presente, sino reparar el pasado. Recordar que el vino no fue siempre un lujo, ni un souvenir para turistas.
El vino fue —y sigue siendo— una forma de arraigo, un idioma que se habla con todos los sentidos y una manera de estar en el mundo.
Brindar con conciencia no es gesto solemne, es acto político. Es decir: gracias a la historia del vino chileno sabemos de dónde viene esta copa. Sabemos quién la llenó. Sabemos que el sabor que hoy celebramos tiene siglos de silencios, de esfuerzos, de mezclas que no salieron en ninguna guía de cata. Y sin embargo, aquí está: rojo, vivo, persistente.
📝 Notas al pie de copa
-
El vino llegó como instrumento de evangelización, pero terminó siendo instrumento de expresión.
-
Fue prohibido por razones económicas, y sobrevivió por razones culturales.
-
Fue hecho por quienes no figuran en los libros, pero sí en las sobremesas.
-
Fue desplazado por una versión más estética, pero no por eso más auténtica.
Hoy, más de 470 años después de aquella carta ambigua, el vino sigue contando la historia de Chile. Una historia que se derrama en los campos, se oxigena en las barricas y se sirve en cada brindis. Porque mientras haya vino, hay relato. Y mientras haya relato, hay país.

Aún no hay respuestas